Desde hace ya unos cuantos años hasta ahora, el cambio climático se ha convertido en el tema por excelencia de todas las noticias e incluso nuestras conversaciones diarias. El calentamiento global y sus consecuencias son innegables, pero aún se está haciendo muy poco para evitarlo.

Por más que escuchemos una y otra vez el desastre que estamos generando, y ya haya documentación suficiente para predecir la serie de circunstancias catastróficas que se irán desatando si no hacemos nada para evitarlo, parece que el tema no va con nosotros.

Entiendo en parte que no nos demos por aludidos. Al fin y al cabo no es a nuestro YO Presente, del que hablaba en este artículo, al que le ocurrirán las catastróficas desdichas, sino a nuestro YO Futuro, en el peor de los casos, o más probablemente a generaciones futuras.

Además, no es algo que pueda solucionar una única persona (a no ser que haya un genio científico que encuentre la solución mágica), sino que la solución ha de venir de absolutamente todos nosotros, de todos los seres humanos en conjunto.

De nada sirve que una familia o población esté viviendo al 100% con recursos sostenibles si el resto sigue la dinámica contraria.

Por eso, aparte de echarle “el muerto” a nuestro YO Futuro, se lo echamos también al resto del mundo, quedando en nuestro campo de actuación una parte de responsabilidad tan ínfima que ni siquiera la percibimos. O, justo en el lado opuesto, nos estresa pensar que queremos hacer algo para solucionarlo pero que no somos capaces como individuos de hacer algo que realmente suponga un cambio relevante, quedándonos igualmente inmovilizados.

¿Qué incentivo tenemos entonces para pensar ni lo más mínimo que podemos hacer algo por solucionar el gran problema que la raza humana tiene encima?

EL PLANETA TIERRA Y LA RAZA HUMANA

Lo que para mí causó un antes y un después en mi perspectiva del cambio climático fue aprender un poco más sobre la historia de la tierra y compararlo con el recorrido del ser humano en ella.

Yo misma no entiendo cómo he tardado 30 años en interesarme por la historia del planeta donde vivimos, pero supongo que son datos tan lejanos y que nos quedan tan grandes que, a menos que sea algo que te interese desde joven, no es hasta que eres más adulto cuando puedes asimilarlos. Por lo menos eso es lo que creo que me ha pasado a mí.

Siguiendo con el tema. Mientras que la tierra se estima que se originó hace unos 4.500 millones de años, los humanos como raza existimos desde hace tan sólo unos 6 millones de años.

Esto quiere decir, que si la edad del planeta la pusiéramos en una escala de 100 años, que ya según nuestra percepción es bastante, los humanos llevaríamos en ella 0,13 años; o lo que es lo mismo, 49 días. A penas mes y medio de vida. ¿¡Qué jovenzuelos somos, verdad!?

Además, si hacemos un breve resumen de los grandes eventos del planeta, nos ayudará a poner aún más en perspectiva lo que supone nuestra existencia en ella (M = millones de años):

En resumen, pasaron 4.000 millones de años para que se desarrollara vida compleja multicelular, han ocurrido 5 extinciones masivas en un plazo de 400 millones de años y nosotros existimos como especie, tal y como somos hoy, desde hace tan solo 200 mil años. Cuesta creerlo, pero ¡realmente no somos nada!

Y te preguntarás, ¿qué tiene que ver todo esto con el cambio climático?

Pues a mi parecer, todo esto tiene que ver y mucho. Porque, sin perder de vista esta perspectiva a nivel macro, si profundizamos aún más en la historia de nuestra especie como Homo Sapiens y tenemos en cuenta que no fue hasta mediados del siglo 18 cuando empezó la revolución industrial y el aumento desmesurado de las emisiones de CO2 a la atmósfera, nos damos cuenta del cambio tan grande que hemos provocado en el planeta en menos de 300 años.

Teniendo en cuenta que las anteriores extinciones masivas se produjeron de forma natural y en el transcurso de entre 50 y 150 millones de años, ¿cómo podemos estar provocando nosotros, una simple especie animal, un cambio tan grande en un periodo tan infinitesimal sobre la vida de la tierra?

Es de locos.

LA TIERRA SOBREVIVIRÁ, NOSOTROS NO

No sé si me ocurre a mí sola, pero a veces me da la sensación de que la lucha contra el cambio climático se hace principalmente para preservar la tierra, proteger la naturaleza. Para no destruirlas. Y lo que no tenemos en cuenta es que a quien le estamos haciendo daño es a nosotros mismos.

La tierra ha existido sin seres humanos durante 4.500 millones de años. Ha sido el refugio de un número incalculable de especies de seres vivos. Ha visto cómo su superficie sufría cambios drásticos en su estructura, climatología y funcionamiento más veces de las que podamos imaginar.

Siempre ha ido adaptándose y encontrando el equilibrio perfecto entre destrucción y construcción.

Y seguirá existiendo y evolucionando durante muchos años más aunque nosotros no estemos en ella.

Así que no. Frenar el monstruo que hemos creado no es por conservar el planeta tierra, no nos equivoquemos. Sino para preservar la raza humana y, ya de paso, al resto de seres vivos que de momento habitan en ella.

Por tanto, la lucha contra el cambio climático es, y debe ser, un acto puramente egoísta para que los humanos podamos seguir existiendo.

Porque el egoísmo en sí, a pesar de las connotaciones negativas que se le atribuyen normalmente, no siempre es malo. A veces es totalmente necesario para preservar el equilibrio y que todos salgamos ganando.

LOS CONSUMIDORES MOVEMOS EL MUNDO

Estamos de acuerdo en que las grandes instituciones del mundo tienen un rol primordial en esta lucha contra el cambio climático. Al fin y al cabo son los gobiernos, organizaciones mundiales y empresas multinacionales los que tienen la capacidad de crear nuevas leyes, llegar a acuerdos internacionales y aportar bienes y servicios sostenibles que tengan un impacto notable a nivel global.

Lo que ocurre con estas instituciones es que, son tan grandes y están gestionadas por tantísimas personas diferentes, que ponerse de acuerdo en cualquier tema resulta casi imposible.

Piensa simplemente en una experiencia que hayas tenido tú mismo intentando organizar a un grupo grande de gente. ¿Qué suele pasar? Que cada persona tiene intereses, opiniones y gustos diferentes. Encontrar la opción que les cuadre a todos, el acuerdo con el que cada persona consigue al menos parte de lo que quiere sin perjudicar sus mayores intereses, resulta un rompe cabezas de los chungos.

Imagínate entonces eso mismo pero con cientos y cientos de personas.

Así, aunque no le vamos a quitar su parte de responsabilidad a estos entes gigantescos, ni mucho menos, no podemos quedarnos de brazos cruzados esperando a que otros lo resuelvan. Creo realmente que nosotros, a nivel individual, podemos y debemos aportar nuestro granito de arena como consumidores. Dando a la vez ejemplo al resto de personas que nos rodean y motivarlas a que hagan lo mismo para generar así un efecto dominó.

Millones de granos de arena juntos forman playas.

Millones de consumidores juntos cambian el mundo.

Pero, ¿qué podemos hacer entonces de forma individual para ayudar en la lucha contra el cambio climático y salvarnos de nuestra propia extinción?

Pues básicamente 1 cosa, REDUCIR.

REDUCCIÓN – LA CLAVE PARA UNA VIDA SOSTENIBLE

Reducir nuestro consumo de:

  • Bienes materiales, dejando de lado el consumismo y adoptando una vida sencilla, minimalista.
  • Alimentos de origen animal, favoreciendo principalmente una alimentación rica en verduras, frutas, legumbres, frutos secos y semillas, y limitando al máximo el consumo de carnes rojas.

(Por si quieres profundizar sobre este tema, te dejo aquí este informe científico resumido que explica de forma sencilla los objetivos mundiales que debemos cumplir, no sólo para mejorar la salud de la población a través de una dieta saludable, sino también para que la producción de los alimentos sea sostenible y suficiente para alimentar a los 10 mil millones de habitantes que se prevé que tendrá el planeta en 2050).  

  • Productos procesados, optando por alimentos que se extraigan directamente de la naturaleza y que no vayan envasados para disminuir así, tanto el consumo energético y generación de CO2, como los envases y embalajes necesarios para fabricarlos.
  • Energía, implementando pequeños gestos diarios que limiten su consumo y eligiendo tecnologías más eficientes.
  • Envases y embalajes no esenciales, eliminando su uso lo máximo posible y recuperando las antiguas costumbres de compra a granel, bolsas de tela y envases reutilizables.
  • Desperdicio, comprando únicamente lo que necesitas; utilizando listas de compra y comida; almacenando adecuadamente los alimentos; consumiendo antes lo más perecedero, guardando y congelando lo que sobre para comerlo en otro momento; y no descartando directamente frutas y verduras maduras o ‘feas’ que aún pueden ser consumidas.

Lo dicho. Puede parecer que son gestos muy pequeños como para tener una repercusión notable en el mundo, pero al fin y al cabo es nuestro patrón de consumo lo que ha ido creando la situación en la que estamos ahora, y es esto mismo lo que puede hacer que cambie.

SOSTENIBILIDAD Y MENTE SIMPLE

Y por si te lo estabas preguntando desde el comienzo del artículo, te diré que sí, que este tema está totalmente relacionado con tener una mente simple.

Estamos tan saturados a nivel de consumismo y estímulos externos que nuestras mentes no consiguen estar relajadas ni un solo momento.

Siempre pensando en el próximo modelito que te vas a comprar, la próxima comilona que te vas a dar, la última tecnología que no puedes dejar escapar…

Necesito, Quiero, Tengo son palabras que están constantemente en nuestra mente y vocabulario. Acumulando cada vez más y más. Tanto, que ya ni sabes dónde meter todo lo que tienes.

La felicidad que te aportan los bienes materiales es irreal. Las aspiraciones materiales están sometidas a ajustes infinitos en los niveles de expectativas y de comparación con los demás, lo que hace que nunca estemos satisfechos con lo que tenemos.

Con chutes de felicidad momentáneos cuando te compras algo nuevo y sintiéndote vacío instantes después de tenerlo.

Quedémonos entonces con la tan conocida frase “No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita” e implementémosla realmente en nuestras vidas.

Lo que necesitan nuestras mentes es menos consumo, más naturaleza y más conexión con la vida misma.

Y oye, si quieres consumir algo, consume experiencias en lugar de productos, y si pueden ser experiencias compartidas, mucho mejor. Con esto no sólo contribuirás a la reducción de la producción industrial que tanto daño causa, sino que además te aportará una felicidad mucho más duradera, hará que aprendas cosas nuevas y crearás mayores vínculos con los que te rodean.

En definitiva, lleva una vida simple y conseguirás una mente simple.

Un pasito más hacia…

𝐔𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐬𝐢𝐦𝐩𝐥𝐞, 𝐮𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐟𝐞𝐥𝐢𝐳

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