Te despiertas con el martilleo del despertador.

Lo apagas varias veces, hasta que a la 4ª vez te das cuenta de que vas a llegar tarde al trabajo y, por fin, te levantas.

Te pesa el cuerpo.

Lo primero que haces es prepararte un café para poder abrir los ojos y coger las fuerzas suficientes para arrancar el día.

Te pasas 9 horas en el trabajo intentando poner buena cara a todo el mundo y sobrellevando el día como mejor puedes. Cada vez te cuesta más encontrar motivación en lo que haces.

En las últimas horas de trabajo piensas en lo que vas a hacer al salir.

“¿Hago algo de deporte? ¿Quedo con algún amigo? ¿Una visita a la familia? ¿Me pongo con las tareas pendientes de casa?”

Al final llegas a casa y no te sientes con fuerzas para nada. Sólo te apetece echarte al sofá y descansar. No quieres hacer nada ni hablar con nadie.

Llega la noche, cenas, ves un rato la tele y cuando te da sueño te acuestas.

Y, sin apenas darte cuenta, un nuevo día amanece. La historia vuelve a empezar.

Te sientes muerto en vida.

Quieres ser feliz, pero no sabes cómo. La felicidad se te escapa entre los dedos, en el día a día.

Quizá piensas en la última vez que te sentiste realmente feliz, pero dudas de poder volver a sentirlo de nuevo.

Te conformas con esperar a poder comprarte el último capricho o hacer el próximo viaje para volver a sentir una breve satisfacción.

EN BUSCA DE LA FELICIDAD

Todo el mundo es consciente de que el marketing está hecho para consumir, que son las empresas quienes te crean una necesidad y te meten sus productos por los ojos. Que, aunque ese nuevo móvil es flipante, no va a cambiar nada en tu vida ni vas a ser más feliz porque te lo compres.

consumismo

Eso ya lo sabes.

Entonces, ¿por qué seguimos dejándonos llevar por nuestros impulsos y comprando todo tipo de cosas que no necesitamos? ¿Por qué seguimos creyendo que, cuando por fin consigamos esto otro, ahí sí que sí seremos más felices?

Y si no es comprando cosas, es esperando el próximo paso en nuestras vidas.

Hasta que no consigamos ese “algo más” no conseguiremos sentir por fin la ansiada felicidad: cuando tenga pareja, cuando me case o cuando tenga hijos; en cuanto tenga trabajo, me asciendan o encuentre uno nuevo; en el momento en el que pueda ahorrar lo suficiente para dedicarme a lo que me gusta, hacer el viaje de mis sueños o mudarme a otro país.

Cuando, cuando, cuando…

Nos pasamos la mayoría de nuestras vidas esperando a que ALGO nos llene y nos haga sentir plenos durante el resto de nuestros días. Siempre hay ALGO que nos falta.

Si te pido en este mismo momento que puntúes tu nivel de felicidad entre el 1 y el 10, ¿en cuánto la puntuarías?

Probablemente no me equivoque si digo que lo has hecho por debajo del 7. ¿Puede ser?

¿Por qué? Porque aunque te consideres una persona bastante feliz, siempre va a haber una parte de ti que piense que te falta ese ALGO para conseguir llegar al 10.

¿Existe la felicidad?

Por eso a veces me pregunto qué es la felicidad exactamente y si realmente existe.

Sé que existen la alegría, la ilusión, la diversión, la euforia, porque las sentimos (o deberíamos sentirlas) a menudo. Pero si te das cuenta todas estas sensaciones son pasajeras. Son cosas que sientes en momentos determinados, emociones pasajeras que vienen y van. Al igual que la tristeza, la desilusión, el aburrimiento o el desánimo.

Esto es también lo que ocurre cuando nuestra vida gira en torno a los placeres consumistas o a momentos ansiados. Que igual de rápido que llega la explosión de emociones positivas, se va. Quedándonos incluso más vacíos que antes.

Nada permanece. Todo llega y todo se va.

felicidad

En cambio la felicidad nos la han vendido como algo duradero, continuo, un sentimiento incluso más abstracto que los anteriores y que debe de perdurar en el tiempo, ser la base de nuestra vida.

Pero entonces, ¿qué debemos sentir para poder decir que somos felices?

Sobre todo en esos momentos en los que haces un repaso de tu vida y, aunque se supone que lo tienes todo, no eres capaz de sentir que eres feliz. Al contrario, muchas veces sientes un vacío, ansiedad o tristeza inexplicables.

¿Será que la felicidad no es alcanzable?

No estamos diseñados para ser felices

Esta es la cruda realidad. No estamos diseñados para ser felices.

No está en nuestro circuito mental la felicidad como objetivo de vida.

Si pensamos en nuestros abuelos o bisabuelos, ¿crees que ellos se planteaban la felicidad tal y como lo hacemos nosotros hoy en día? ¿O cuál dirías que era su objetivo en la vida?

Básicamente, sobrevivir.

Esto es de lo que se ha tenido que preocupar siempre el ser humano, de su supervivencia. Este es el objetivo último de todos los seres vivos y este ha sido el epicentro de nuestro desarrollo evolutivo.

supervivencia

Nuestro cuerpo y nuestro cerebro están diseñados para buscar comida y que nuestro cuerpo la utilice de la forma más eficiente posible; así como para huir, luchar o escondernos frente a las amenazas y reproducirnos para mantener la especie.

Durante millones de años ha sido así. ¿Por qué ahora, de repente, iba a ser diferente? ¿Cómo va a cambiar el funcionamiento de nuestro sistema a ‘modo felicidad’ en poco más de 100 años si llevamos millones evolucionando en modo supervivencia?

Sin embargo, esto no quiere decir que tengamos que resignarnos a sentirnos amargados toda nuestra vida.

Lo único que necesitamos es un cambio de perspectiva.

NUEVAS GENERACIONES

La realidad es que la sociedad está cambiando. La forma en la que las nuevas generaciones concebimos la vida y cómo queremos vivirla, ya no es la misma que la de nuestros abuelos. Ni siquiera que la de nuestros padres. 

Quizás antes del siglo XX las diferentes generaciones tenían las mismas bases y objetivos de vida, pues aparte de vivir diferentes épocas de mayor o menor estabilidad, lo importante, como decía antes, era la lucha por la supervivencia.

Cada uno con los recursos que tenía vivía como mejor podía.

Pero el increíble desarrollo económico y tecnológico que ha habido en los últimos años y el aumento de la calidad de vida asociado ha hecho que el paradigma social haya dado un giro de 180 grados. 

Ahora cada generación nueva es mucho más diferente a la anterior.  

Muchos de nuestros abuelos se buscaban la vida como fuera para dar de comer a su familia. Para nuestros padres primaba el tener un trabajo y sueldo estables que les permitiera formar una familia, pagar una hipoteca y que sus hijos estudiaran. 

Pero a las nuevas generaciones, aunque nos lo hayan intentado inculcar así, esto no nos vale.

Necesitamos sentir algo más.

La cárcel de la sociedad

Después de haber seguido el camino que se supone que debías seguir, notas que algo no encaja. Llega un momento en el que sientes un punto de inflexión en tu vida. 

Un momento en el que parece que ya nada tiene sentido. En el que sientes que has entrado en una rutina que no te aporta nada. Sólo sientes apatía y desmotivación. Por más que te esfuerzas e intentas llenar ese vacío, nada te ilusiona. No tienes energía para nada.

Sabes que necesitas un cambio, pero todo el mundo a tu alrededor te aconseja que sigas el camino ‘normal’:

  • “La vida es así – te dicen –, hay que aguantar. Tienes un buen trabajo, no lo puedes dejar escapar. Sólo es cuestión de cambiar el chip”.
  • “Las relaciones son complicadas, nadie es perfecto, no puedes echar tu relación por la borda de la noche a la mañana.”
  • “Ya vas teniendo una edad para casarte, comprarte  una casa y tener hijos. Quítate los pájaros de la cabeza, madura.”
cárcel

Y ahí sigues día tras día.

Porque en cierto modo tu sentido de la responsabilidad te dice que tienen razón. Que ya llegarán tiempos mejores. O quizá simplemente no quieres decepcionarlos.

Si te das cuenta, la sociedad hace de cárcel, sí; pero tú mismo eres tu propio carcelero.

Aunque a veces te sigues preguntando ¿es esta la vida que me imaginaba que tendría a esta edad? ¿Me imagino haciendo lo que hago durante muchos años más? ¿Es aquí donde quiero estar?

¿Dónde está la ilusión que tenías por enfrentar nuevos retos, las ganas de comerte el mundo?

NUNCA VOLVERÁS A SER TAN JOVEN COMO LO ERES HOY

Me parece increíble que hayamos llegado a este punto.

Al punto en el que, a pesar de las señales que nos da nuestro cuerpo, del cansancio constante, de los problemas recurrentes de salud, de la ansiedad en el pecho y de la falta de ilusión por vivir, sigamos metidos en nuestra rutina como si nada.

Considerando que esto es normal, aguantando un día tras otro y sumido en una vida que ya no te satisface porque te has acostumbrado a ella.

Intentando poner parches comprando cosas que no necesitamos y esperando que nos caiga del cielo la píldora secreta de la felicidad.

vejez

Malgastamos nuestro tiempo como si fuéramos inmortales.

Nos levantamos cada día imaginando un nuevo mañana lleno de esperanza e ilusión. Pero no hacemos nada para alcanzarlo.

Y lo cierto es que, más pronto que tarde, ese mañana no existirá.

Nunca volverás a ser tan joven como lo eres en este mismo instante.

Vive como si fueras a morir mañana

Si te dijeran que vas a morir mañana, ¿qué tendrías que haber hecho en tu vida para morir en paz contigo mismo/a, para no arrepentirte de nada?

Si no lo estás haciendo, ¿qué te impide hacerlo? ¿Cómo podrías conseguirlo?

A veces nos aferramos a nuestra vida actual como si estuviéramos atados a cadenas irrompibles. Parece que si llevas una vida medio decente, si tienes cosas que otros desearían tener, es una obligación mantenerla.

No importa si esa vida a ti ya no te ilusiona, si te tiene inexplicablemente amargado o te hace sentirte estancado. Hay que seguir ahí pase lo que pase, dar las gracias por tener lo que tienes e incluso resignarte a lo que te ha tocado.

Pero ¿sabes qué?

La vida es cambio, movimiento.

Lo que te sirvió ayer puede que no te sirva hoy; y si no te sirve hoy, ¿qué te hace creer que te volverá a servir mañana?

No podemos seguir el camino de otros, ni de nuestra familia o anteriores generaciones, ni de la gente que nos rodea. Tampoco hacer lo que otros esperan de ti. Cada uno de nosotros es diferente y nadie sabrá mejor que tú lo que necesitas para ser feliz.

Tampoco podemos aferrarnos a lo que ya tenemos simplemente por el hecho de ser conocido. Siempre he odiado el dicho de “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Es ridículo.

Nunca sabrás si hay algo mejor esperándote al otro lado del miedo si no te atreves a cruzarlo. Y, aunque lo que haya al otro lado sea peor, siempre podrás volver a cambiar y buscar nuevas opciones. “Mientras hay vida, hay esperanza” (este sí me gusta!).

luz al final del túnel

Cada vez se abren más y más alternativas, nuevas formas de vivir.

Alimenta tu curiosidad por descubrir esos nuevos caminos. Aprende, ilusiónate con nuevos retos. Sentir que creces como persona y que cada día consigues ser una mejor versión de ti mismo no tiene precio.

Prioriza la felicidad

Aunque haya empezado un poco melodramática con el tema de la felicidad, la verdad es que sí que creo que existe.

Tras un largo tiempo preguntándome si realmente podía alcanzarla, he llegado a entender que lo único que estaba mal era el enfoque que tenía de ella. Lo que decía de cambiar de perspectiva.

La clave no está en perseguirla y estar preguntándote constantemente en si eres feliz, si podrás ser feliz algún día o lo que necesitas para serlo. Lo importante es priorizarla.

En cada decisión que tomas en tu día a día, puedes valorar lo que te aporta más, lo que te hace sentir mayor alegría, tranquilidad, ilusión, motivación, y elegir hacer eso en lugar de cosas que te las quitan.

Y no me refiero a buscar continuamente el placer, ni a que estés siempre en modo ‘happy flower’ o dejando de lado todas las responsabilidades. Simplemente a que te des cuenta de las pequeñas cosas que te aportan y las que no, y priorizar las primeras siempre que puedas.

También, guíate por tus valores a la hora de tomar decisiones importantes, permítete cambiar siempre que lo necesites, e intenta buscarle la parte buena y el aprendizaje a todo lo que te ocurre. De esta forma tu mente estará más tranquila y no te dará miedo enfrentarte a nuevos retos.

Tus valores serán tu brújula; los resultados, tu mejor maestro.

En resumen, enfoquémonos en buscar el equilibrio en nuestras vidas. Encontrar esa calma mental al sentir que estás llevando la vida que quieres, que tú eres el que decide lo que haces con ella y que la estás saboreando al máximo.

Valora tu tiempo antes de que sea demasiado tarde.

NO MUERAS ANTES DE QUE TE ENTIERREN

“No me importa quién eres; tu edad, tu raza, tu género. No me importa nada de eso.

Pero lo que sí sé es que tienes un sueño dentro de ti. Un sueño que has mantenido oculto al mundo.

Has puesto excusas, lo has borrado. Has escuchado a gente decirte: sé realista.

Pero en lo más profundo de tu corazón, sabes que no estás viviendo con todo tu potencial.

Y ahora la vida es algo que simplemente sigues haciendo.

¿Sabes cuál es el lugar más rico del mundo?

¿Lo sabes?

No es China, ni Dubái.

Es el cementerio.

Porque en el cementerio encontrarás inventos que nunca fueron inventados, negocios que nunca fueron construidos, canciones nunca cantadas, libros nunca escritos, ideas no cumplidas…

Y personas que nunca se dieron cuenta de esto porque…

Tenían miedo de correr el riesgo.

Tenían miedo, como tú.

¿Pero quieres saber algo más?

No estás en el cementerio. Todavía.

Tenemos una vida. Y cada momento transcurrido no lo volveremos a recuperar nunca.

La vida no tiene un botón para rebobinar.

Nunca volverás a recuperar el aire que acabas de respirar.

El momento presente es lo más preciado.

Tenemos que estar en él, tenemos que aprovecharlo.

Tenemos que vivir nuestros sueños AHORA.

Porque estos sueños son posibles.”

Tú eliges, vivir como si no fueras a morir o morir sin miedo a no haber vivido.

Un pasito más hacia…

𝐔𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐬𝐢𝐦𝐩𝐥𝐞, 𝐮𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐟𝐞𝐥𝐢𝐳

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