Lo sé, hace tiempo que no estoy por aquí, que no escribo ni envío nada.

Lo cierto es que me da rabia y como cierta vergüenza haber dejado de escribir durante tanto tiempo.

Es totalmente cierto lo que dicen, que lo importante es no dejar que la inercia del movimiento se pare, porque sino cuesta muchísimo retomarla de nuevo.

Es como una piedra gigante redonda, que lo más difícil es empujarla cuando está totalmente inmóvil para que empiece a rodar, pero una vez que se pone en movimiento es más fácil mantenerla rodando. Cuando la paras, estás jodido de nuevo.

No considero que nadie esté esperando a que escriba nada, y no creo que haya nadie que me lo vaya a recriminar, así que sé que la rabia y vergüenza que me da no es más que mi propia exigencia, mi vocecilla interna.

pepito grillo

Ese pepito grillo que me dice: “siempre haces lo mismo, dejártelo todo a medias”, “no eres constante con nada, así no vas a llegar a ningún sitio”, “¿para eso quieres dar a conocer tu página web, para que a la mínima de cambio lo dejes de lado?”

Pero resulta que mi pepito grillo es el que también hace que no me siente a escribir, el que me dice: “ahora no, que estás cansada”, “después de estar todo el día delante del ordenador, lo que necesitas es salir y hacer cualquier cosa que no sea estar encerrada”, o “para qué te vas a poner ahora a escribir si no sabes ni por dónde empezar”.

Odio a mi pepito grillo, parece que me lo dice todo con ‘recochineo’.

Me pasa un poco la mano como ayudándome, diciéndome lo que necesito y lo que no para escaquearme de mis objetivos, para más tarde señalarme riéndose y poniendo la típica cara que te dice “ha, ya sabía yo que no lo ibas a hacer, te dije que no podrías…”

Me lo imagino con una de esas caras a las que dan ganas de abofetear con la mano bien abierta.

Y lo mejor de esto es que sé que no estoy loca, que no soy la única que tiene esta vocecilla…

¿A quién no le jode la vida de vez en cuando su pepito grillo?

¿Quién es ese medio ángel, medio demonio que no nos deja nunca en paz?

Y lo más importante, ¿podemos deshacernos de él o hacer algo para callarlo?

NUESTRA VOCECILLA INTERIOR

Realmente hay muchas voces diferentes dentro de nuestra mente. Y aunque esta frase pueda parecer de locura máxima, te puedo asegurar que esas voces las tenemos todos.

vocecilla interna

Por suavizarlo un poco, digamos que es la misma voz que toma varias funciones o roles diferentes.

Hay una parte de nuestra mente que planifica, otra que te trae recuerdos, otra que se queda ‘enganchada’ en algún mensaje reciente, otra que analiza todo lo que ocurre a tu alrededor, otra que justifica lo que has hecho o dejado de hacer… En fin, que tenemos un diálogo interno constante sobre mil cosas diferentes a lo largo del día.

Pero aquí en concreto me refiero a esa vocecilla parlanchina que nos reprende constantemente y nos dice lo que debemos o no hacer. Esa voz interior que a cada paso que damos juzga lo que nos ocurre, vemos, oímos, decimos o hacemos. Nuestro pepito grillo particular.

Este pepito grillo no solo nos juzga (a veces incluso de forma bastante dura), sino que a menudo hasta se contradice a sí mismo: deberías hacer esto así – pero por qué lo vas a hacer así si en realidad quieres hacerlo de esta otra manera; mira que eres mala persona, no deberías haber hecho eso – y qué si lo he hecho, no es ser malo, es que se lo merecía; si no te apetece nada ir a ese sitio, no vayas – pero claro, estaría mal visto si no vas, tienes que ir…

Y así toooodo el santo día.

¿Quién o qué es este pepito grillo?

Pues resulta que he descubierto que esta vocecilla infernal, este conflicto interno constante, no es más que nuestros ‘tienes y debes’ enfrentándose sin parar con los ‘quiero y me gustaría’.

Es decir, lo que nuestros padres y entorno nos han enseñado que es lo correcto según las normas o maneras de actuar de la familia y sociedad, contra lo que nuestro cuerpo nos pide hacer.

Desde que somos pequeños, todo lo que nos dicen, vemos y oímos va conformando nuestra visión del mundo y de nuestro papel en él.

mensajes

Quizás nos han dicho varias veces que somos unos torpes, que no se nos dan bien X cosas o que no confiemos en nadie; o hemos escuchamos siempre a nuestros padres decir que sin trabajo duro no hay recompensa y que lo más importante es tener un trabajo para toda la vida.

Puede que nos hayan insistido en que tenemos que ser buenos, humildes o valientes; o que ser egoísta, depender de alguien o ser avaricioso es lo peor del mundo.

Si te paras a pensarlo, son muchos los mensajes a los que estamos expuestos en nuestra niñez y adolescencia.

Y son esos mensajes, los que más nos repitieron y eran como los pilares de nuestra casa, algunos que simplemente nos dijeron e impactaron en un determinado momento, e incluso otros de los que ni siquiera tenemos recuerdo de dónde pueden venir, los que nos hacen formarnos nuestro autoconcepto.

NUESTRO AUTOCONCEPTO

De acuerdo con una teoría conocida como la teoría de la identidad social (desarrollada por Henri Tajfel en la década de los setenta), el autoconcepto se compone de dos partes fundamentales: la identidad personal y la identidad social.

Nuestra identidad personal incluye variables tales como los rasgos de personalidad y otras características que hacen a cada persona única.

autoconcepto

La identidad social por su parte incluye los grupos a los que pertenecemos, y se construye en base a la pertenencia a dichos grupos sociales, con los que nos identificamos y reforzamos nuestra propia identidad.

En resumen, nuestro autoconcepto no es más que la opinión o imagen que tenemos sobre nosotros mismos, el conjunto de características que consideramos que nos definen, tanto física como mentalmente.

Habrá características de nosotros de las que seamos conscientes y sean las que utilizamos para describirnos, y otras incluso que las tengamos inconscientemente.

Esta auto-imagen es la forma en la que nos mostramos al mundo, nuestra base subjetiva a partir de la cual nos comportamos y relacionamos, tanto con nosotros mismos como con los demás.

La lucha contra nuestro autoconcepto

El problema de nuestro autoconcepto es que nos hace inflexibles, nos pone limitaciones.

Porque claro, si te defines como una persona amable y generosa no podrás actuar como un antipático y tacaño; si siempre eres el alma de la fiesta, el divertido, no querrás que nadie piense que se aburre contigo; o si estás siempre disponible para ayudar a los demás, cómo vas a decir que no en cierto momento, serás un egoísta. ¿Verdad?

Cuando nos atribuimos ciertos adjetivos y nos construimos una determinada imagen hacia el mundo, salir del ‘yo soy así’, o del ‘tú eres así’ que te asignan los demás, y actuar de forma diferente, nos resulta casi imposible.

Aunque el autoconcepto nos ayuda a tener una cierta sensación de estabilidad, pues nos hace ser previsibles al actuar en base a un determinado patrón de conducta, esta previsibilidad nos obliga también a comportarnos de forma similar en todas las circunstancias. 

conflicto interno

Y por tanto, si no podemos actuar como queramos según la situación, sino que tenemos que ser siempre igual, a menudo resulta inevitable que nos sintamos mal, nos frustremos y tengamos luchas internas entre cómo se supone que debemos actuar y cómo nos gustaría hacerlo realmente.

La pregunta que surge entonces es, ¿voy a estar todo la vida igual o puedo hacer algo para deshacerme de ese maldito pepito grillo?

LOS DEBO-TENGO VS LOS QUIERO-NECESITO

El primer paso para empezar a tomar conciencia de esta lucha interna es identificar mis debo-tengo y mis quiero-necesito, saber cuáles son mis luchas interiores.

¿Qué es lo que hago porque debo y qué es lo que hago porque realmente quiero?

Yo por ejemplo, siguiendo con mi pepito grillo para escribir este artículo, puedo identificar diferentes tengo vs quiero:

  • Tengo que: ser más constante, hacer las cosas bien, ser responsable, no defraudar a los demás…
  • Quiero: tener tiempo libre, dejar de lado las exigencias, pasar tiempo con mi pareja, familia y amigos, sentirme realizada…

Creo que se ve clara la diferencia, no? Aparece la parte que me dice lo que suena correcto, la voz de unos buenos padres en forma de exigencia mental, y otra parte más rebelde y corporal que me incita a relajarme y disfrutar.

Inicialmente podemos pensar que tenemos que decantarnos por una parte o por otra. Si quieres conseguir lo que te propones tendrás que ser exigente contigo y hacerle caso a tu mente. Pero si quieres disfrutar la vida tendrás que dejarte llevar por lo que le apetece a tu cuerpo y relajarte.

Pero la realidad es que tanto una voz como otra forma parte de nosotros, somos ambas voces a la misma vez, y decantarse por una parte siempre conllevará sentirse mal por no hacer caso a la otra.

El verdadero problema es que esas dos partes no se escuchan entre sí. Es como esas personas que parece que están manteniendo una conversación pero en realidad cada una está hablando de su libro, en su propio monólogo, y no tienen ni idea de lo que está diciendo la otra.

Entonces, ¿qué tal si vamos prestando atención a estos monólogos y, en lugar de discutir quién tiene la razón, los transformamos en diálogo?

CONVIRTIENDO DISCUSIÓN EN DIÁLOGO

Como explicaba antes, el autoconcepto no es algo con lo que nacemos, sino algo que vamos forjando según los códigos de conducta, socialización, lenguaje, etc. con los que nos desarrollamos.

El tema es que estos códigos de conducta no los actualizamos cuando somos adultos. Seguimos pidiendo los mismos permisos que necesitábamos de niños aunque ya no nos sirvan, y esa es la gran pelea interna que llevamos dentro.

Si esos mensajes nos los hemos tragado tal cual en algún momento de nuestra vida, lo que necesitamos ahora es identificar cuáles son, ver de dónde vienen y decidir qué parte sí queremos y qué parte desechamos.

Para ayudarte con esto, te propongo un ejercicio muy sencillo.

Soy vs No soy

diálogo
  • Coge papel y boli
  • Dibuja dos columnas
  • En la parte izquierda escribe ‘Yo soy’ y ve poniendo debajo todos los adjetivos que utilizarías tú y utilizarían los demás para describirte en cuestión de personalidad, tanto los adjetivos que te gustan como los que no. Escribe todo lo que se te ocurra, vamos.
  • ¿Listo?
  • Vale. Ahora en la parte derecha escribe ‘Yo NO soy’ y escribe debajo la lista de adjetivos que consideras que no eres, tanto los antónimos con respecto a la columna izquierda si quieres, como nuevos adjetivos que te vengan a la cabeza y otros con los que rotundamente no te identificas (te guste también o no), o no querrías que te identificaran.
  • ¿Lo has hecho?
  • Genial. Ahora elige los 5 adjetivos de cada columna que consideres principales, que sean los que más te remueven, te encantan u odias, y responde sinceramente a las siguientes preguntas:
    • En los ‘Yo soy’:
      • ¿Cómo me hace sentir el ser así?
      • ¿De verdad soy siempre así?
      • ¿Hay algún momento en el que me gustaría no ser así?
      • ¿Hay algún momento en el que no me haya comportado así?
    • En los ‘Yo NO soy’:
      • ¿Cómo me hace sentir el no ser así?
      • Hay algún momento en el que me gustaría ser así?
      • ¿Hay algún momento en el que me haya comportado así?
      • ¿De verdad no me comporto nunca así?

Si lees el ejercicio y no lo llevas a cabo te sonará a chino y te parecerá una absurdez tremenda, ya te lo digo. Pero si te detienes aunque sea 10 minutos a hacerlo te aseguro que te dará mucho que pensar…

Pero la parte más importante viene ahora.

Después de hacer el ejercicio, lo que quiero es que vuelvas a mirar tu lista y te des cuenta de que realmente puedes serlo todo, tanto la parte izquierda como la derecha. Que tú, como adulto, puedes decidir en cada momento quién quieres ser según lo necesites.

Lógicamente puede haber cosas que por naturaleza no se te dan muy bien, o quizás ni quieres desarrollarlas. Para eso están las personas que nos rodean y las relaciones interdependientes, para ayudarnos a cubrir nuestras partes ‘débiles’ y hacer equipo según queramos o necesitemos.

Eso es para mí la madurez, darnos cuenta de lo que está bajo nuestro control y decidir conscientemente cómo quieres ser y lo que quieres hacer en cada momento. Sin pedir permiso a nadie y sin sentirte mal por ello.

Por tanto, deja de lado los ‘tengo que’ de otros y empieza a pensar en lo que TÚ quieres.

¿Quieres ser amable y bondadosa, en este momento? Estupendo. ¿Necesitas expresar tu enfado ante algo con lo que no estás de acuerdo? Hazlo. Porque no por ello dejarás de ser esa misma buena persona.

¿Tienes que exigirte al máximo y hacer las cosas perfectas porque eso es lo que esperan de ti? ¿O quieres tomarte el tiempo que necesites en hacer algo, como tú consideras que está bien, por el mero hecho de superarte a ti mismo y sentirte realizado?

Puedes ser fuerte cuando te lo propones. Y también puedes ser débil y dejar que otros te ayuden si así lo necesitas.

Puedes ser generoso cuando esto te haga sentirte bien. Y también puedes ser egoísta y pensar en ti mismo si es eso lo que necesitas en este momento.

Identifica tus luchas internas, párate a escuchar qué necesita cada una de esas voces que luchan entre sí, háblales con autocompasión, y elige qué parte quieres utilizar en este momento.

Solo tú decides quién quieres ser.

Un pasito más hacia…

𝐔𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐬𝐢𝐦𝐩𝐥𝐞, 𝐮𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐟𝐞𝐥𝐢𝐳

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