Laura está jugando en el parque con Pedro, su amigo del cole.

Saltos, pilla-pilla, tobogán, escaleras, escondite. “¿A que no me pillas?” – Le dice Laura a Pedro.

Su padre echa un vistazo de vez en cuando para asegurarse de que está bien.

Le dice que no corra tanto, que al final se va a caer.

Todo son risas. Su energía es inagotable.

Laura se sube a un banco gritando “¡CASA!”. Pedro le dice que “¡eso no vale!”

Segundos después, Laura está en el suelo llorando desconsolada.

Se ha caído al intentar bajar del banco.

Su padre se acerca corriendo hacia ella y la levanta del suelo. Intenta consolarla.

“Laura, venga, que no ha sido nada. No llores. Las niñas fuertes no lloran” – le dice su padre.

NO LLORES

No sé si recuerdas alguna escena así de cuando eras pequeño.

Quizás eres de esas personas sensibles que enseguida te emocionas, lloras por todo y te da igual que te vean. Si es así, puede que este artículo no vaya contigo, no lo sé.

O, por el contrario, eres más de los que retienen las lágrimas todo lo que pueden. No te gusta llorar, y menos delante de los demás. A veces te das cuenta de que no recuerdas la última vez que lloraste y crees que eres una persona fría, vacía, sin sentimientos. O incluso puede que te enorgullezcas de ello.

Hasta que un día abres la compuerta, incluso sin saber por qué, y no puedes parar de llorar.

llorar

Esa soy yo.

Cuántas veces habré escuchado a mi padre decir eso de “no llores, tienes que ser fuerte”.

Es una frase con la que crecí y que me marcó de tal modo que, aún sin estar mi padre delante, cada vez que lloraba me venía la frase a la cabeza. Yo misma me decía “no llores, sé fuerte”.

Hasta hace no mucho me lo seguía diciendo. Y, por supuesto, lloraba mientras me agazapaba yo sola en alguna habitación o me aseguraba de que no había nadie que me viera.

Y ya los hombres ni te cuento. “¿Llorar? Eso es cosa de tías. Los hombres no lloran”. Menuda presión tienen encima.

También ocurre con amigos. Están pasando por una mala racha, se desahogan contigo, empiezan a llorar y no se te ocurre otra cosa que decirles “no llores”, junto con alguna frase más como “no pasa nada, se arreglará, se te pasará el dolor”. Pero lo importante es que deje de llorar.

¿Por qué esa manía de enseñar que llorar es malo? ¿Por qué nos ‘emperramos’ en decirle a los demás que no lloren? ¿Por qué reprimir sus lágrimas?

Nos enseñan que es signo de debilidad, pero muchas veces el no querer que lloren es un acto puramente egoísta. Ver llorar a otra persona te hace sentir mal, te pone triste a ti también (a menos que tu nivel de empatía e inteligencia emocional sean nulas).

Por eso no queremos ver a los demás llorar. Nos hacen sufrir y necesitamos que paren.

No nos damos cuenta de que, en cierto modo, estamos pidiéndoles que repriman sus emociones, que se traguen sus propios problemas y no nos transmitan a nosotros su sufrimiento.

Suena un poco perverso, ¿no?

PARA QUÉ NECESITAMOS LLORAR

Yendo a la base de todo, llorar es tan natural como reír, correr, saltar o bailar. Es un aspecto universal y único de los seres humanos.

Tiene funciones tanto psicológicas como físicas y sociales, todas beneficiosas y muy necesarias.

Como bien detalla este estudio científico, aparte de funciones más básicas como limpiar y proteger nuestro ojos, el llanto tiene también una función emocional que se divide en dos tipos: la intra-personal y la inter-personal.

ojo

La función intra-personal es la que se refiere a los efectos que tiene sobre el propio individuo, ligadas principalmente a la regulación de nuestro estado emocional y físico.

Aunque muchos estudios científicos difieren en la explicación de cómo llorar nos sirve como mecanismo de relajación, una hipótesis bastante extendida es que, cuando lloramos, nuestro cuerpo libera una serie de sustancias químicas que nos ayudan a regular nuestros niveles de estrés, actúan como analgésico natural y nos hacen sentirnos mejor.

Se ha demostrado además que activa nuestro sistema parasimpático, ese que manda a nuestro cuerpo la respuesta de “descansa y digiere”, el que hace que dejemos de lado el modo alerta y nos relajemos.

También los suspiros y los pucheros que hacemos tienen su explicación. El aire entrecortado que cogemos cuando lloramos mucho sirve para oxigenar nuestro cerebro, mientras que la contracción de los músculos de la cara (y lo feos que nos ponemos, todo hay que decirlo) incrementan el riego sanguíneo.

Digamos que, en este sentido, el llanto es nuestra válvula de escape para liberar tensiones.

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Por otro lado, la función inter-personal es la referida al aspecto social, a nuestra relación con otras personas.

El llanto actúa como un reclamo de atención hacia los demás, una muestra de nuestra vulnerabilidad para que nos consuelen, den cariño y protejan.

Al igual que un bebé reclama la atención y la protección de su madre, cuando somos mayores también necesitamos sentirnos arropados, y llorar manda ese mensaje a los que nos rodean.

Tanto la función intra-personal como la inter-personal hacen que nos sintamos mucho más aliviados y sosegados tras una buena llorera.

Pero realmente no siempre ayuda.

DOLOR vs SUFRIMIENTO

Aunque es un buen aliado, llorar no siempre es la solución al malestar.

Diría que el llanto alivia el dolor, el estrés físico real, pero no tiene el mismo efecto sobre el sufrimiento.

En este sentido, la clave es saber distinguir entre esos dos conceptos. Básicamente, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional.

El dolor es el malestar que sentimos realmente cuando tenemos algún problema físico o ha ocurrido algo que nos provoca desazón o tristeza, como cuando perdemos a alguien o mantenemos una discusión.

El sufrimiento en cambio es más bien la ‘rumiación’ a largo plazo de ese malestar, ya sea recreando constantemente ese dolor aunque ya se haya pasado o, lo que es peor, adelantándote a los hechos e imaginándote un dolor que no existe.

Por ejemplo, si has perdido a un ser querido, cortado con tu pareja o pasado por alguna enfermedad, una cosa es el dolor intrínseco que sientes antes ese suceso, y otra muy distinta que sigas victimizándote, lloriqueando y martirizándote constantemente.

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O si vives con el temor de que te pase algo malo y tu mente no deja de ponerse en el peor escenario posible, desconfiando de todo el mundo y no queriendo correr ningún riesgo, estarás sufriendo sin siquiera haberte expuesto al dolor.

Cada vez que tu mente se adelanta a lo que podría ocurrir o se queda en bucle recordando o hablando de lo sucedido, tú mismo te estás provocando ese sufrimiento innecesario.

Hay muchos estudios, incluido el que mencionaba antes, que indican que llorar no causa esa sensación de relajación y bienestar en personas con cuadros depresivos, porque es un problema más psicológico que físico. Por eso digo que la mayoría de las veces llorar no reducirá el sufrimiento incluso en una persona sana, porque éste no real. Es algo creado únicamente en tu mente, aunque a la larga también pueda tener repercusiones físicas reales.

LA EVASIÓN DEL DOLOR

Lo irónico es que hemos llegado a un punto en el que intentamos evitar el dolor a toda costa, a la vez que nos aferramos constantemente al sufrimiento.

Hablando por su puesto desde mi perspectiva, la de un país desarrollado, tenemos la suerte de estar viviendo en la mejor época del ser humano, con más comodidades de las que podríamos desear y a salvo de las penurias que acechaban al hombre años atrás o incluso a día de hoy en países menos desarrollados: enfermedades, guerras, hambre, supresión…

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Esto, junto con la tendencia al alza de la búsqueda de placer y felicidad constantes, nos están haciendo muy vulnerables ante el dolor. No queremos sentir dolor, antes de que incluso aparezca ya estamos luchando contra él.

Nos tomamos una pastilla antes de que nos duela cualquier parte del cuerpo. No queremos tener una relación para que no nos hagan daño. No tomamos ciertas decisiones por el miedo a que salga mal. No decimos lo que pensamos para evitar que nos den de lado.

¿Cómo vamos a vivir la vida si descartamos directamente muchas de las cosas que forman parte intrínseca de ella por miedo al dolor? ¿Cómo vamos a apreciar lo bueno que nos ocurre si caemos en el bucle del lamento?

resiliencia

La vida no consiste en evitar el dolor, el estrés o la incomodidad. Consiste en ir a por todas a pesar de ello, en no tener miedo de afrontarlo y aceptar ese dolor cuando llega. Sin victimizarte, ni apegarte a él, tomando responsabilidad de tu vida y alejándote del sufrimiento.

Deja que el dolor sea la semilla que dará lugar a una versión más fuerte de ti mismo, y el llanto lo que la riegue.

 “La resiliencia es el arte de navegar en los torrentes, el arte de metamorfosear el dolor para darle sentido; la capacidad de ser feliz incluso cuando tienes heridas en el alma”

Boris Cyrulnik, psiquiatra, neurólogo y etólogo francés

RÍE CUANDO PUEDAS, LLORA CUANDO LO NECESITES

Como bien dice El Chojin: “Ríe cuando puedas, llora cuando lo necesites”

Llorar será tu mejor aliado en ese camino de confrontación con el dolor y momentos malos. Será tu válvula de escape cuando más lo necesites, lo que te ayude a coger ese impulso que te falta para superar cualquier obstáculo.

No pasa nada por llorar, hazlo cuando lo necesites.

Que nadie te diga que no tienes que llorar, y no te atrevas a decirle a nadie que no lo haga. Lo único que necesitamos es que nos acompañen en ese momento, nada más.

Acompañar sin juzgar, sin hacer nada, sin esperar nada. Simplemente estando ahí, ofreciendo tu hombro.

Porque lo bonito de la vida es compartirla.

Riendo con todo el que puedas, llorando cuando y con quien lo necesites.

Un pasito más hacia…

𝐔𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐬𝐢𝐦𝐩𝐥𝐞, 𝐮𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐟𝐞𝐥𝐢𝐳

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